La Generación 24 de la Fundación Ser y Hacer vivió una experiencia que fue mucho más que conocer la capital argentina. Nueve jóvenes recorrieron espacios históricos, culturales, políticos y empresariales en un viaje que les permitió ampliar su mirada, fortalecer su autonomía y descubrir nuevas posibilidades para sus vidas.
Hay viajes que se miden en kilómetros. Otros, en experiencias. Y hay algunos cuyo verdadero valor se descubre al regresar, cuando comprendemos que algo cambió en nuestra manera de mirar el mundo.
El viaje de la Generación 24 de la Fundación Ser y Hacer a Buenos Aires pertenece a esta última categoría.
No fuimos solamente a conocer la capital del país. Queríamos que nuestros jóvenes se acercaran a las instituciones, al arte, a la historia y a espacios de decisión que hasta entonces podían resultarles lejanos. Que vivieran experiencias diferentes, conocieran otras realidades y descubrieran que también pueden encontrar su lugar en ellas.
Porque muchas veces la distancia más difícil de recorrer no es la que separa a Malargüe de Buenos Aires, sino la que existe entre aquello que creemos posible y aquello que todavía no nos animamos a imaginar.
Un viaje que había comenzado mucho antes
El miércoles 21 de octubre nos encontramos en la terminal de Malargüe. Allí estaban los nueve jóvenes de la Generación 24, sus familias, los abrazos de despedida y esa mezcla de entusiasmo e incertidumbre que acompaña a toda experiencia nueva.
Para varios de ellos sería la primera vez en Buenos Aires.
Pero esta historia había comenzado mucho antes, un sábado de abril de 2024, cuando decidieron participar del programa Constrúyete con Propósito y con Poder, impulsado por nuestra Fundación.
Aunque el programa tiene una duración de un año, ellos eligieron continuar vinculados. Hoy transitan su tercer año junto a Ser y Hacer, unidos por la confianza, el afecto y las ganas de seguir compartiendo experiencias.
Descubrir que también podemos estar allí
Llegamos a Buenos Aires el jueves y nos instalamos en Milhouse Hostel, sobre Avenida de Mayo, gracias a los contactos facilitados por Johnny Albino.
La convivencia en un alojamiento compartido con viajeros de distintas nacionalidades fue una experiencia en sí misma. Escuchar otros idiomas, animarse a practicar inglés y relacionarse con personas desconocidas formaba parte del aprendizaje.
Uno de los momentos más significativos llegó con nuestra visita al Congreso de la Nación.
Recorrimos sus salones, conocimos parte de su historia y nos acercamos al funcionamiento de una de las instituciones fundamentales de nuestra democracia.
Durante la visita se sumó el diputado nacional por Mendoza Álvaro Martínez, quien después compartió un almuerzo con nosotros en dependencias de la Cámara de Diputados.
Allí nuestros jóvenes pudieron conversar con un representante nacional, conocer aspectos de su tarea legislativa y escuchar su invitación a involucrarse en política desde el espacio donde cada uno se sintiera más cómodo.
Más allá de cualquier pertenencia partidaria, el valor de aquel encuentro estuvo en acercar la participación ciudadana a sus propias vidas.
Las instituciones democráticas no son espacios ajenos a los jóvenes. Allí se discuten decisiones que afectan su presente y su futuro. Conocerlas permite comprender mejor su funcionamiento y reconocer el derecho que todos tenemos a participar y hacernos escuchar.
Terminamos la visita con una fotografía en las escalinatas del Congreso, un recuerdo de aquel primer acercamiento a uno de los lugares donde se desarrolla la vida política de nuestro país.

El arte también abre puertas
Después llegó otra primera vez: viajar en subte.
Aprender a desplazarse por una gran ciudad, orientarse y adaptarse a sus ritmos también era parte de la experiencia.
Nuestro siguiente destino fue el Teatro Colón.
Recorrer sus espacios, descubrir su arquitectura y conocer su historia nos permitió acercarnos a una de las grandes expresiones culturales argentinas. La visita fue posible gracias a Rodolfo Arce, voluntario de Ser y Hacer, quien nos regaló las entradas como un gesto de afecto hacia la Fundación.
Luego, bajo una lluvia persistente, caminamos hasta El Ateneo Grand Splendid.
Lejos de quitarnos entusiasmo, la lluvia terminó convirtiéndose en otro recuerdo del viaje. En aquella librería instalada en un antiguo teatro, entre palcos, estanterías y una imponente cúpula, permanecimos casi dos horas explorando libros y descubriendo títulos.


Al día siguiente, el arte volvió a ocupar un lugar central con la visita al Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, el MALBA.
Nos recibió Emilio Xarrièr, director ejecutivo de Administración y Operaciones, quien nos dio la bienvenida y facilitó nuestro recorrido.
Conocimos la exposición Latinoamérica en expansión, con obras de referentes como Fernando Botero, Antonio Berni, Diego Rivera, Xul Solar y Leonora Carrington. También recorrimos Viva Frida, que nos acercó a la vida y la obra de Frida Kahlo a través de pinturas, fotografías y objetos personales.
Estas visitas tenían para nosotros un significado particular.
Creemos que el acceso a la cultura no debe depender del lugar donde uno nace ni de las posibilidades económicas de su familia. Un joven de Malargüe tiene tanto derecho a conocer el Teatro Colón, descubrir una obra de arte o recorrer un museo como cualquier otro joven del país.
Acercarlos a estos espacios significa ofrecerles oportunidades para explorar intereses, despertar curiosidades y encontrar nuevas formas de expresión.



Cuando los jóvenes toman la palabra
Uno de los encuentros que mejor sintetizan el sentido de este viaje fue nuestra visita a las oficinas de PCR, en Puerto Madero.
PCR acompaña a la Fundación Ser y Hacer desde los comienzos de nuestro proyecto y es nuestro principal aportante. Su compromiso ha contribuido a sostener un programa por el que ya han pasado más de cien jóvenes de Malargüe.
Nos recibieron con un desayuno Lucas Méndez Trongé, director de Asuntos Institucionales y Comunicación, y Sofía Inés Pernia, analista de Comunicación Externa y Responsabilidad Social Empresaria.
Lucas compartió con el grupo la historia de una compañía argentina de más de cien años, sus actividades y la importancia de las energías renovables.
Pero el momento más significativo llegó cuando los jóvenes tomaron la palabra.
Sentados en una sala de reuniones de una empresa de alcance internacional, chicos y chicas de entre 18 y 20 años hablaron de sus experiencias, sus proyectos y las carreras que desean estudiar.
Los observábamos desenvolverse en un ámbito profesional, compartir sus ideas y expresar lo que sueñan construir.
Y fueron escuchados con atención.
Para nosotros, aquel encuentro también representó la posibilidad de mostrar personalmente los resultados de tres años de trabajo compartido.
Los jóvenes entregaron a Sofía cartas donde relataron sus historias de vida y las transformaciones que reconocen en su paso por Ser y Hacer.
En esas palabras estaba reflejada una parte esencial de nuestro propósito: acompañarlos para que puedan reconocer sus capacidades, confiar en sí mismos y proyectar su futuro.
También compartimos presentes y recibimos una bandera de PCR que nos acompañará en futuras actividades de la Fundación.
Fue un encuentro de gratitud, pero también una oportunidad para mostrar que detrás del compromiso de una empresa con una iniciativa social existen personas concretas, historias y procesos de crecimiento.

La historia dejó de ser solamente un libro
Buenos Aires también nos permitió caminar por lugares que muchos de nuestros jóvenes conocían únicamente por fotografías, por las clases de la escuela o por lo que habían visto en televisión.
Recorrimos Puerto Madero y visitamos la fragata ARA Presidente Sarmiento, antiguo buque escuela de la Armada Argentina. Subimos a bordo, conocimos sus espacios y descendimos hasta el sector de máquinas.


También caminamos por el Obelisco y la avenida Corrientes de noche y disfrutamos de una divertida experiencia de karaoke internacional en el hostel.

El sábado llegó el turno de La Boca.
En Caminito conocimos parte de la historia de la inmigración, recorrimos un conventillo y descubrimos cómo vivían quienes llegaron a nuestro país buscando nuevas oportunidades. Después nos acercamos a la Bombonera, uno de los escenarios más emblemáticos de la pasión futbolera argentina, y compartimos una abundante parrillada en un bodegón del barrio.


Más tarde visitamos la Catedral Metropolitana.
Allí, frente al mausoleo del general José de San Martín, presenciamos el cambio de guardia de los granaderos.
Fue un momento de profundo respeto. Para algunos, la Catedral también ofreció un espacio de oración y agradecimiento.

Seguimos hacia el Cabildo.
Varios recordaron que lo habían dibujado cuando eran niños o que habían construido maquetas para algún trabajo escolar. Ahora estaban allí, frente al edificio que tantas veces habían visto representado en sus cuadernos.

Después recorrimos Plaza de Mayo, escenario de acontecimientos decisivos de nuestra vida democrática.
Observamos los pañuelos blancos pintados en el suelo, símbolos de la lucha de las Madres de Plaza de Mayo. Más adelante, junto al monumento a Manuel Belgrano, encontramos las piedras con nombres de personas fallecidas durante la pandemia de COVID-19.
Nos detuvimos en silencio.
Conocer nuestro país también implica reconocer sus heridas, comprender su historia y cultivar el respeto por quienes nos precedieron.
Porque formar ciudadanos no consiste solamente en transmitir conocimientos, sino también en despertar sensibilidad, memoria y responsabilidad frente a la realidad que compartimos.

Los aprendizajes que no estaban en el programa
Entre tantos lugares emblemáticos hubo experiencias aparentemente pequeñas que resultaron igualmente importantes.
Viajar en subte y colectivo, utilizar una aplicación para pagar el pasaje, organizar traslados en Uber, caminar durante horas, compartir habitaciones, resolver pedidos de comida y convivir con personas de distintas culturas.


Hubo cansancio, cambios de planes, conversaciones, risas y muchos momentos de compañerismo.
Son experiencias que tal vez no ocupan un lugar destacado en una guía turística, pero que tienen un enorme valor cuando pensamos en la formación de jóvenes que están comenzando a construir su autonomía.
Y hubo algo especialmente hermoso: ver cómo cada uno encontraba su propia manera de disfrutar el viaje.
Con sus personalidades, sus intereses, su humor y su forma particular de relacionarse con los demás. Sin necesidad de parecerse unos a otros.
Porque uno de los propósitos más importantes de Ser y Hacer es precisamente ese: acompañar a cada joven para que pueda descubrir y desarrollar sus capacidades sin perder aquello que lo hace único.
Tres años de una elección que nos llena de gratitud
Hay algo que ninguna fotografía de este viaje puede mostrar por completo: el camino que recorrimos juntos desde abril de 2024.
Cuando estos jóvenes llegaron a Ser y Hacer, comenzábamos a conocernos. Desde entonces compartimos encuentros, conversaciones, aprendizajes y experiencias que fueron construyendo una relación de confianza y afecto.
El programa que los convocó originalmente duraba un año. Sin embargo, cuando terminó, decidieron continuar.
Y siguieron eligiendo ser parte de la Fundación.
Quizás allí esté uno de los mayores logros de esta historia. No solamente en haber conseguido que participaran de una actividad, sino en haber construido un espacio al que desean seguir perteneciendo, incluso cuando ya no existe ningún compromiso que los obligue a hacerlo.
A los 18, 19 o 20 años, cuando la vida comienza a presentar nuevas responsabilidades, intereses y caminos, esa elección tiene un valor enorme.
Durante el viaje hubo momentos en los que me descubrí simplemente observándolos.
Los veía conversar, desenvolverse en lugares nuevos, compartir sus ideas, reírse y disfrutar. Y me emocionaba reconocer cuánto habían crecido.
No porque se hubieran convertido en personas diferentes, sino porque veía desplegarse, con mayor seguridad y libertad, mucho de aquello que siempre estuvo en cada uno de ellos.
Comprendí entonces, una vez más, que acompañar a un joven también significa reconocer sus tiempos, respetar sus elecciones y alegrarse profundamente cuando encuentra su propia manera de caminar.
Nosotros les ofrecimos un espacio, herramientas y oportunidades. Ellos nos dieron algo invaluable: su confianza, su afecto y la posibilidad de acompañarlos durante una etapa tan importante de sus vidas.
Porque esta historia no es solamente la de una Fundación que trabaja para sus jóvenes. Es también la historia de jóvenes que, con su presencia y su cariño, transforman a las personas que los acompañamos.
El regreso y sus protagonistas
Cuando emprendimos el regreso a Malargüe, llevábamos fotografías, recuerdos, aprendizajes y anécdotas que seguramente seguiremos compartiendo durante mucho tiempo.
Habíamos vivido días intensos y regresábamos con la satisfacción de haber compartido una experiencia que unía formación, cultura, convivencia y descubrimiento.
Los protagonistas de este viaje fueron Alexander Castillo, Catalina Figueroa Auza, Camila Herrera Quiroga, Luciana Marini Tartaglino, Ángeles Méndez Ayala, Cristian Nahuel Narambuena, Alex Padilla Groppa, Victoria Pérez Ayala y Lautaro Torres.
Los acompañamos Cristina Chaile y Alejandra Verdugo y quien escribe, Verónica Bunsters, fundadora y presidente de Ser y Hacer.
Quiero agradecer especialmente a las familias por la confianza; a PCR por su compromiso sostenido con nuestros jóvenes; a Álvaro Martínez, Lucas Méndez Trongé, Sofía Inés Pernia y Emilio Xarrièr por recibirnos y compartir su tiempo; y a Rodolfo Arce y Johnny Albino por su colaboración para hacer posibles distintas experiencias.
A Cristina y Alejandra, por su entrega, su cuidado y el cariño con que acompañaron cada jornada. A Belén Cabús, Mariana Campos, Gabriela Moyano y Rodolfo Arce, por seguir sosteniendo nuestras actividades desde Malargüe.
Y, especialmente, a los nueve jóvenes, por la responsabilidad y la alegría con que vivieron cada experiencia, y por permitirnos seguir siendo parte de sus vidas.
Que llegar lejos también signifique hacer más grande a Malargüe
Hay una convicción que acompaña todo lo que hacemos en la Fundación Ser y Hacer: el lugar donde nacemos no debería determinar hasta dónde podemos llegar.
Malargüe es nuestro hogar, nuestra identidad y el territorio al que elegimos dedicar nuestro trabajo. Pero amar nuestra tierra no significa conformarnos con que sus jóvenes conozcan únicamente aquello que tienen cerca.
Queremos que conozcan el mundo, que accedan a nuevas oportunidades, que se animen a estudiar, a trabajar, a participar y a construir sus propios caminos.
Que puedan elegir libremente qué hacer con sus vidas y que todo lo aprendido, aquí o en cualquier parte, les permita crecer y contribuir a la sociedad desde el lugar que decidan ocupar.
Por eso, el viaje a Buenos Aires no fue un premio ni una excursión para completar un programa de actividades.
Fue parte de un proceso educativo que busca formar jóvenes conscientes de su valor, de sus capacidades y de su responsabilidad frente a los demás.
Un proceso que no pretende decidir por ellos, sino darles herramientas para que puedan elegir.
Al regresar a Malargüe nos esperaban sus familias. Los abrazos del reencuentro cerraron aquellos días intensos, pero no la experiencia.
Es imposible saber hoy qué huella dejará este viaje en sus decisiones futuras. Tal vez alguno descubra una vocación, se anime a estudiar lejos de casa, participe en una organización o emprenda un proyecto que todavía no había imaginado.
Lo importante es que ahora cuentan con nuevas experiencias desde las cuales pensar su futuro.
Y que nosotros tuvimos el privilegio de acompañarlos.
Ese es el horizonte de Ser y Hacer: que cada joven encuentre su propósito, reconozca su poder para transformar la realidad y se anime a construir una vida que tenga sentido para sí mismo y para los demás.
Que puedan llegar tan lejos como sus sueños los lleven. Y que, en ese camino, nunca olviden que también tienen el poder de hacer más grande a Malargüe.


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